No hay perdón.
Yo quiero tierra, fuego, pan, azúcar, harina, mar, libros, patria para todos,
por eso ando errante:
los jueces del traidor me persiguen y sus turiferarios tratan, como los micos amaestrados, de encharcar mi recuerdo.
Yo fui con él, con ese que preside, a la boca de la mina, al desierto de la aurora olvidada, yo fui con él y dije a mis pobres hermanos:
«No guardaréis los hilos de la ropa harapienta, no tendréis este día sin pan, seréis tratados como si fuerais hijos de la patria.»
«Ahora vamos a repartir la belleza, y los ojos de las mujeres no llorarán por sus hijos.»
Y cuando en vez de amor repartido,
en la noche al hambre y al martirio sacaran a ese mismo,
a ese que lo escuchó, a ese que su fuerza y su ternura de árbol poderoso entregara,
entonces yo no estuve con el pequeño sátrapa,
sino con aquel hombre sin nombre, con mi pueblo.
Yo quiero mi país para los míos,
quiero la luz igual sobre la cabellera de mi patria encendida,
quiero el amor del día y del arado,
quiero borrar la linea que con odio hacen para apartar el pan del pueblo,
y al que desvió la línea de la patria hasta entregarla como carcelero,
atada, a los que pagan por herirla,
yo no voy a cantarlo ni callarlo,
voy a dejar su número y su nombre clavado en la pared de la deshonra.
pablo neruda
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